Capítulo 4: Santa Cruz

Rafael apenas recordaba su nombre real. El motivo por el que años atrás le habían bautizado con el apodo de ‘Arquímedes’ en el antro de Vargas, le venía a la memoria muy de tarde en tarde y cada vez de forma más borrosa. Pero aquella noche él sabía por qué estaba allí. Era lo único que tenía claro.

Introdujo su maltrecho brazo izquierdo en el bolsillo, tomó un pañuelo y se secó la sangre que brotaba lentamente de su mano. Se había cortado con el trozo de espejo que llevaba escondido en la entretela de su roída chaqueta. Era consciente del deterioro físico que el jaco estaba tallando en su rostro y ya hacía más de un año que no era capaz de mirarse a un espejo, para beneficio del barbero de la calle Ardilla. Pero aquella noche era la última. Él lo había decidido así. Sabía que esa noche saldría como todos los problemas salían del ‘Vodevil’ de Roque Vargas: con los pies por delante. Se debía a sí mismo volver a mirarse a la cara.

Sentado en su sitio favorito del local, tras la barra y junto a la puerta de entrada, miró alrededor. Pidió una copa. Minutos antes se había despedido, uno por uno, de los que se habían convertido en su familia desde hacía tiempo, los perennes del antro: ‘La Zarcillos’, ‘Monseñor Butanito’, ‘el Tío Sanlúcar’ y ‘Poncela’. Ellos no sospecharon nada en aquel momento...


ENTRE EL AIRE, EL AGUA Y LA VIDA 

(00:00)

Tras un largo trago, Arquímedes se relajó por un momento. La memoria se deslizó suavemente hacia el pasado, como si de una dulce melodía se tratara. Poco a poco se sumergió en su niñez.

(00:25)

En seguida recordó el pánico que de chico le daba la cruz de la plaza del barrio en el que nació y se crió: Santa Cruz. Nunca llegó a entender ese temor absurdo. Era capaz de dar innumerables rodeos con tal de no atravesar aquel lugar.

(00:49)

Después vinieron los años mozos, en los que zascandileaba junto a sus amigos entre las calles Aire, Vida y el callejón del Agua. Aprendió a bailar al son de las guitarras que podían escucharse en aquellos recovecos y comenzó a ganarse la vida en tablaos de poca monta. En uno de ellos conoció a la que más tarde se convertiría en el amor de su vida: ‘Lucero’. El cuerpo de ‘Arquímedes’ estaba en el ‘Vodevil’ de la calle Betis, pero su mente continuaba realizando un último viaje a través del tiempo.

(01:11)

Repentinamente sus recuerdos se precipitaron en caída libre hasta el día en el que ‘Lucero’ decidió perder la vida. Pero aquel era un episodio que le producía ira y vértigo. No quería recordarlo. Aquella noche necesitaba estar sereno.


ISABEL A DUERMEVELA

(01:30)

Dejando atrás los lamentos que aún perduraban en su cabeza, ‘Arquímedes’ buceó más en su memoria. Pronto se encontró junto a ‘Lucero’ en el Puente de Isabel II a altas horas de la madrugada. Era cualquier día del otoño de 1.969. Juntos observaban, noche tras noche, cómo el tenue reflejo de la luna se mecía a golpes del Guadalquivir, mientras ella le susurraba dulces melodías al oído. Tenía una preciosa voz.

(02:09)

Enseguida se abrieron paso vivencias más oscuras. En su fugaz viaje al pasado, ‘Arquímedes’ seguía apoyado en el quicio del puente de Triana y la luna seguía haciendo compañía a las silenciosas aguas del río. Esta vez estaba solo. Era el Invierno de 1.971 y ‘Lucero’ se había ido para siempre. Había dejado este mundo de un modo atroz sin que él hubiera podido hacer  nada por evitarlo... ¿O sí?. Siempre le quedaría la duda.

En aquellos momentos no encontró consuelo en sus amigos. Tampoco en el baile ni en las calles de Santa Cruz. Nada mitigaba aquel dolor tan intenso. ‘Arquímedes’ se limitaba a pasar horas y horas cada noche en aquel puente, con la mirada tan perdida como él mismo...      
  

INDOMABLE      

(02:37)

Una vez más los recuerdos viajaron vertiginosamente. Esta vez a 1.972. Recordaba ahora cómo había emprendido una carrera suicida a lomos del caballo. Aquel intenso galope era lo único que le apartaba de los recuerdos de ‘Lucero’. Abandonó el baile, a sus amigos y a su barrio.

(03:03)

Esporádicamente visitaba el humilde tablao de Santa Cruz que le había visto nacer como artista. Sólo en aquellas ocasiones se juraba a sí mismo que cambiaría de rumbo, que volvería junto a su gente y recuperaría su antigua vida, sus amigos y sus bailes en el callejón del Agua...

(03:15)

...pero siempre había tiempo para una última dosis. Aquella que le conducía de nuevo al abismo y que le hacía olvidar cualquier buen propósito.

(03:21)

El tablao se fundió lentamente con el Verano de 1.973 donde, con una salud ya muy deteriorada, ‘Arquímedes’ se abrió hueco en el negocio del menudeo. Comenzó a trabajar para Roque Vargas, dueño de un antro llamado ‘Vodevil’ en el barrio de Triana. Hubo quien intentó disuadirle de aquello, pero no estaba dispuesto a que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Se sentía crecido, valiente, indestructible. Indomable. 

(03:39)

“Eres más listo que Arquímedes, muchacho. Haz lo que yo te diga y llegarás lejos”. Las palabras que Roque le repetía una y otra vez, aquel Verano de 1.973, retumbaban ahora en esa especie de resumen vital que estaba realizando, en minutos. Quizás segundos.

En Diciembre del mismo año, Rafael ya era imprescindible en el negocio. Para entonces ‘Arquímedes’ era un personaje respetado en el universo Vargas y Rafael Montero tan solo una suave neblina que se confundía con el pasado.


NO HAY RETORNO A SANTA CRUZ

(03:56)

Con un leve sobresalto volvió a la realidad. Su mente había finalizado el viaje. Nervioso, miró el reloj. Vargas y un nuevo cliente le esperaban en el almacén. Aún quedaban unos minutos para la hora convenida. Acariciando la pared, vestida de un curioso papel dorado con rojizas marcas aterciopeladas, salió a fumar un cigarro.

(04:20)

Ya en la calle prendió un mixto, encendió un pitillo e inhaló una profunda calada. La calle Betis estaba desierta. Parecía como si el mundo se hubiera parado en seco por un instante. Sólo él, Triana, y a lo lejos, a su izquierda, el puente en el que tiempo atrás tantas veces se le vio pasear junto a ‘Lucero’.

(04:39)

Del bolsillo interior de su chaqueta, ‘Arquímedes’ extrajo un posavasos del ‘Vodevil’. Miró fijamente el anverso, siempre presidido por el curioso sello de Vargas. Se trataba de un fantasma con sombrero andaluz. Por un instante sonrió, recordando cómo una tarde de Abril de 1.974, Roque y él bautizaron a aquel curioso personaje con el nombre de ‘Duende V’. Supuso que entre los desalmados también había momentos de ternura.

De una vieja cartera de cuero sacó un gastado trozo de carboncillo, le dio la vuelta al posavasos y sobre el amarillento reverso comenzó a escribir:

 

“10 de noviembre de 1.975, 2 y 59 de la madrugada.
Bajo la atenta mirada de los gatos y la soberbia compaña de algún candil, caminando a tarascadas, difunta la vida, luto en el azahar.

Llegó el momento pues de saldar cuentas de añejo aroma. Devastadas ilusiones en el quicio de un clavel, al filo de lo irreal. Las cartas boca arriba, sobre la mesa y mi último recuerdo, desde siempre, en Santa Cruz.”

 

(05:17)

No firmó. Apuró el cigarro.Un nuevo vistazo al reloj le indicó que era la hora de entrar. Mientras se dirigía de nuevo a la puerta de entrada echó un último vistazo a su alrededor. Un segundo de sosiego en un marco único. Respiró profundo aquel aire puro y solitario. ‘Arquímedes’ sabía que era el último momento de paz que le quedaba por vivir.


ALFERECÍA

(05:34)

Abrió la enguatada puerta del ‘Vodevil’ y con decisión se dirigió al fondo del local, al lugar en el que se encontraba el almacén. Allí le esperaba Roque con una tercera persona. Como de costumbre, el antro estaba prácticamente vacío. A fin de cuentas era una tapadera y poco importaba la clientela.

(05:55)

‘Arquímedes’ guardaba las partidas en varios escondites repartidos por la periferia de la ciudad. Cada noche llevaba al ‘Vodevil’ las cantidades exactas que Roque le había indicado en la jornada anterior. Era una agenda muy apretada y estricta. Si el cliente era de alta alcurnia, previo a la venta y para asegurar al tercero el buen estado de la mercancía, ‘Arquímedes’ se inyectaba una dosis delante de ambos. Como si de un reclamo de feria se tratara. Una cobaya. Aquellos episodios solían finalizar con Roque y el nuevo amigo inyectándose también para celebrar la transacción.

El destino había querido que el cliente selecto de aquella noche fuera Héctor Volado, responsable directo de la muerte de Lucero. ‘Arquímedes’ lo sabía y había adulterado la partida tanto como para conseguir aniquilar a un rinoceronte. Además su deterioro físico era alarmante, por lo que la posibilidad de ser reconocido por Volado era remota.

Confiaba en que los primeros síntomas de su agonía tardaran en manifestarse lo suficiente como para que, como mínimo, Héctor Volado ya se hubiera inyectado su dosis. Si Roque decidía darse el homenaje, sería un daño colateral. Eso era lo de menos.

(06:14)

Solo unos pasos lo separaban del almacén, pero a él le pareció que estaba a kilómetros. Su corazón comenzó a latir con mucha más fuerza y parecía estallar. Estaba desbocado. El sudor brotaba abundantemente por su sien.

(06:35)

Llegó a la puerta situada al fondo del local. Ésta daba paso a un pequeño pasillo que conducía a la trastienda. Miró fijamente a ‘la Zarcillos’. Ella sabía que algo pasaba. Aquella noche ‘Arquímedes’ había llegado mucho antes de su hora habitual. Un poco menos desaliñado que de costumbre, y uno por uno, había ido charlando con todos y cada uno de los habituales del local. Parecía una despedida encubierta. La tomó de la mano, se la abrió suavemente y posó sobre ella el posavasos que minutos antes había manuscrito. Ella tuvo que prometerle que lo guardaría y no lo leería hasta la mañana siguiente.

(06:53)

Le dio la espalda, asió con decisión el picaporte y abrió la puerta. ‘Arquímedes’ recibió un inusual golpe de frío en aquella zona del local. El sudor se hizo más abundante y las piernas le comenzaron a temblar. El corazón golpeaba su pecho de un modo infernal. La tensión le podía. La alferecía estaba allí. Se quedó clavado en aquel punto.

(07:13)

Las convulsiones se mezclaban con mareos y ‘Arquímedes’ se vomitó encima. La escasa clientela enmudeció. El espectáculo era deplorable. En aquel momento se arrepintió de no haberse chutado ni una dosis aquella tarde. Todo lo que sentía era MIEDO. Colocado se hubiera sentido más capaz.

(07:24)

Con la puerta abierta y la mano en el picaporte, se giró como pudo y dio un último vistazo, ahora con la perspectiva de la entrada del local al fondo. ‘La Zarcillos’, ‘Monseñor Butanito’, ‘el Tío Sanlúcar’, ‘Poncela’ y ‘Bacilo’ (el pequeño pulgoso de éste último) le miraban con incredulidad. No entendían para nada lo que estaba ocurriendo. Pálido, con gesto muy asustado y con un leve hilillo de voz, Arquímedes murmuró: “Adiós,familia”.

(07:36)

Cerró la puerta tras de sí. Afuera en la sala, el sepulcral silencio que en la alferecía se había provocado segundos antes, sólo se vio quebrantado por un amargo y seco llanto de ‘la Zarcillos’. Muchas cosas ocurrieron dentro de aquel almacén, pero los parroquianos del ‘Vodevil’ jamás volvieron a ver a ‘Arquímedes’. Ni vivo, ni muerto.


LLANTOS DEL ALTOZANO (II)

(08:11)

‘La Zarcillos’ no cumplió su promesa. Leyó el posavasos de inmediato. Con lágrimas en los ojos salió despavorida del local. Huía hacia ninguna parte. Sólo quería alejarse de allí, pero a la altura de la Plaza del Altozano tropezó y cayó de bruces contra el suelo. Quedó paralizada. Se limitó a llorar en silencio mientras apretaba fuerte el obsequio de ‘Arquímedes’ contra su pecho. Entre tanto, en el almacén, un plan se puso en marcha. Pero esa, es otra historia...