Capítulo 3: La espera

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La fina lluvia de Otoño caía sobre ‘Arquímedes’, que permanecía impasible frente a la Torre de la Plata. Siempre le pareció absurdo que algo tan inerte como aquella torre, despertase en él un sentimiento de lástima. En Sevilla la gente adoraba la Torre del Oro e incluso había quien conocía el uso pasado de la Torre de los Perdigones. Pero la Torre de la Plata era como una gran desconocida para los transeúntes que iban y venían. Pasaban por delante de ella y ni tan siquiera reparaban en su presencia. Siempre pensó que había un gran paralelismo entre su sesentona amiga ‘Zarcillos’ y aquella edificación.

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Cuando había decidido parar delante de la torre llevaba un largo rato caminado. Eran las 11 y media de la noche. Todavía quedaban más de 3 horas para su encuentro con Roque Vargas en el  ‘Vodevil’. Aquella espera le estaba torturando. Decidió así poner rumbo al antro antes de lo previsto. Caminaba lentamente mientras las gotas de lluvia golpeaban sus mejillas, mezclándose con las lágrimas que brotaban de unos ojos, que una vez tuvieron el brillo de un ganador nato y de un triunfador en la vida.

Todavía hacía frío aunque había cesado la lluvia, cuando ‘Arquímedes’ llegó a la puerta del ‘Vodevil’. Miró su reloj. Eran las 12 de la madrugada del 10 de Noviembre. En otros tiempos, mucho más lúcidos, se hubiera percatado de que era oficialmente su cumpleaños, entre otras cosas. Ni reparó en ello. No estaba para fiestas.

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Abrió la puerta y pudo sentir como el corazón dejaba de bombear sangre por unos 
instantes. Le recorrió por el cuerpo una sensación de pánico, que iría a sentir varias veces más a lo largo de aquella noche. 

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Cerró procurando no dar portazo, como intentando que nadie se diera cuenta de su presencia. Se fue recomponiendo poco a poco. De repente estaba tranquilo. Había pensado en muchas ocasiones que no tendría valor de acudir allí esa noche. Estaba seguro de que finalmente no se atrevería, pero estaba hecho. Lo peor no había pasado pero el paso estaba dado.

‘Arquímedes’ sentía como si flotara sobre una nube. Comenzó a hablar, uno por uno, con los cuatro gatos de siempre. Habitualmente eran charlas banales, sin embargo aquella noche tenían algo de ritual. Seguía aturdido. Sólo recordaría con claridad cristalina esas conversaciones horas más tarde, en ‘el agonizador’ de la oficina trasera. Se llevó las manos a la nuca, y con la mirada hacia el techo, intentó recordar cuál era su verdadero nombre. Aún quedaba tiempo..