Capítulo 2: Cianocrilato (el tiempo pasa para todos)

(00:00)

Eran las 6 de la tarde y una preciosa puesta de sol teñía la ciudad. Algunos nubarrones anunciaban tormenta y una leve brisa cortaba el rostro de ‘Arquímedes’, que llevaba sentado unos minutos en un banco de la calle San Pablo. Estaba cansado. Desde que despertó no había parado y su escasa salud no le permitía llevar aquel ritmo. Respiró hondo, echando la nunca hacia atrás. Cerró los ojos. Faltaban muchas horas para acudir a su cita en la calle Betis y sabía que aquel intervalo de tiempo se haría interminable.

(00:51)

Llevó la cabeza al frente con la intención de irse de allí. De repente, entre la gente pudo ver a un niño pequeño que jugueteaba con un viejo avión de contrachapado. Un hombre de unos cuarenta años le vigilaba de cerca. Probablemente era su padre. El crío corría blandiendo aquella maqueta en el aire, emitiendo extraños sonidos. 

‘Arquímedes’ apoyó la espalda en el banco de nuevo. Una pequeña sonrisa se podía ver en su rostro. Aquel niño juguetón, aquella maqueta de madera, aquel padre... Todo le había recordado a los buenos momentos que pasó en su infancia, en la casa de Elias Montero, su abuelo paterno.

(01:42)

Elías vivía en la barriada de Felipe II. Era un anciano muy mañoso postrado en un sillón, a causa de una enfermedad degenerativa. En otros tiempos tuvo un negocio de reparación de calzado y de esa etapa guardaba una gran inquietud por mantener activas sus manos. ‘Arquímedes’, entonces aún Rafael, a la edad de seis años, pasaba las tardes de los jueves con él. Escuchaba historias de la guerra y observaba fíjamente cómo Elías arreglaba todo tipo de objetos para los vecinos: despertadores, transistores, bolsos, 
marcos... Era su momento preferido de la semana.

Pero su abuelo no era feliz. Incluso un pequeño mocoso como Rafael podía darse cuenta. Elías era una persona que amaba su ciudad. Había conocido cada recodo, cada callejuela, cada esquina, cada parque. Había disfrutado segundo a segundo de todo aquello. Cuando se quedó postrado en aquel sillón, vivía de la caridad y de los cuidados de los vecinos (Rafael nunca llegó a saber por qué su padre y su abuelo no se dirigían la palabra). Pero sin duda, el gran pesar de Elías era no poder volver a pasear por las calles de su querida ciudad, ni observar minuciosamente cada cambio en su estructura, ni ser capaz de 
mezclarse entre su gente. 

(02:30)

Un jueves por la tarde Rafael llegó con una firme intención: “Abuelo, vamos a hacer una cometa grande. ¡Rápido! ¡Tenemos que hacerla volar hoy mismo!”. A Elías no le pareció mala idea. Al fin y al cabo no tenía nada mejor que hacer y nunca había construido una. 

Se pusieron manos a la obra. Codo con codo. Eran el equipo perfecto. No tenían el material necesario, pero daba igual. Lijaron unos restos de madera y los pegaron con cianocrilato. 

‘Arquímedes’ seguía sentado en el banco de la calle San Pablo, cada vez con una sonrisa más marcada. Recordaba cómo aquella tarde sus pequeñas manos se impregnaron del  olor a cianocrilato. Aquel fuerte olor, entonces nuevo para él, selló uno de los momentos más intensos de su infancia. Continuó recordando...

(03:20)

Rafael bajó las escaleras a toda prisa, con la cometa en la mano. Desde la ventana, Elías esperaba verle salir del portal. Sabía que la cometa nunca volaría. Les había quedado realmente horrible. Pero el buen momento que habían pasado juntos, aquella complicidad y aquellas risas ya no se las quitaría nadie.

Ya en la calle, Rafael miró hacia arriba, se cercioró de que Elías observaba a través de la ventana y echó la cometa a volar. El improvisado cordel se rompió casi al instante, pero no importó. Aquel irregular artefacto volador comenzó a subir y subir. Tomaba cada vez más altura ante la incredulidad de Elías. Rafael subió las escaleras, corriendo de nuevo, y abrazó a su perplejo abuelo y juntos observaron como aquella cometa se perdía entre las azoteas de la barriada.

(04:08)

La inocencia de un niño y la fragilidad de un anciano se fusionaron en un momento mágico. “Baja los párpados, Abuelo. Concéntrate en la cometa. Imagina que son tus ojos y te guiará a través de la ciudad”. Así lo hizo Elías, mientras Rafael le describía los diferentes rincones de Sevilla. Los pocos de los que a su corta edad se podía tener constancia. Pero para Elías fue más que suficiente. Sentía que volaba. En su fuero interno, a vista de pájaro, estaba visitando aquellos lugares que hacía años que no veía, aún sin moverse de su sillón. Cada lugar que visitaba sumaba una nueva cometa en el rojizo horizonte de Abril. Emocionado, abrazó fuertemente a Rafael, que siguió esbozando pequeños detalles hasta que el sol se puso por completo.

(04:51)

Elías besó a Rafael en la frente y le dijo: “El tiempo pasa para todos, hijo, pero ni tú ni yo olvidaremos jamás este momento. Gracias pequeñajo”
‘Arquímedes’ se levantó del banco de la calle San Pablo y continuó su camino, con el aroma a cianocrilato aún en su recuerdo.